Quiero confiar

Quiero confiar, pero me lo están poniendo muy difícil.

Entiendo que nada es cien por cien verdad, que todo son interpretaciones parciales de la realidad que hacemos según nuestro bagaje (‘No vemos el mundo como es sino como somos’). Pero no entiendo que se intente engañar intencionadamente. O sí, también lo entiendo, pero no lo comparto.

Se miente para sobrevivir, por avaricia, para evitar males mayores, por vergüenza… En general se miente por miedo a asumir una realidad ante otros o incluso ante uno mismo.

El summum me parece cuando el engaño procede de grandes sociedades a las que es tan difícil enfrentarse.

Me desmoraliza que las compañías telefónicas ofrezcan descuentos que luego no sólo no aplican, sino que aprovechan para cambiar las condiciones de los contratos a peor.

Me cansa que los bancos continúen cobrando año a año comisiones no acordadas que supuestamente no van a volver a cargar, pero que toca reclamar una y otra vez.

Me desalienta que empresas de cualquier tipo reconozcan que añaden a sus facturas partidas que no corresponden, para ingresar más dinero o por compensar otras que han tenido que eliminar porque el cliente se ha dado cuenta de que no son correctas.

Estas reclamaciones a las que un ciudadano de a pie se enfrenta tan a menudo, agotan. Y a mí, que ahora mismo ando enredada en los tres casos, me descorazona el tiempo y la energía que lleva no ya resolver, sino intentar resolver estos temas. Paren el mundo por favor, que yo me bajo.

Lo peor es que probablemente se tenga por norma jugar deliberadamente a marear al cliente, para que por desgaste psicológico -e incluso físico- termine rindiéndose, deje de reclamar y acabe pagando. ¡Qué triste!

¿Cómo se puede seguir confiando cuando uno se encuentra con tanta falsedad y mala idea? Y, por otro lado, ¿cómo se puede vivir sin confiar?

Supongo que lo único que uno puede hacer en estos casos es no dejarse contagiar por esta plaga del ‘Si él lo hace, ¿por qué no voy a hacerlo yo también?’ y tener presente lo que decía Gandhi de que ‘El cambio empieza por uno mismo’. Es decir, preocupémonos por actuar lo mejor que podamos e intentemos ser mejores personas día a día llevando la honestidad y los buenos modos por bandera. Es imposible controlar lo que hacen los demás, pero, sin embargo, un buen comportamiento propio puede servir de ejemplo e inspiración.

Creo que mi pasión por la sinceridad y la honestidad viene de los libros que leí de niña, especialmente de los cuentos de Enid Blyton, en los que mentir nunca valía la pena y siempre acababa triunfando la verdad por mucho que al principio pareciera que las consecuencias de confesarla fueran a ser terribles.

De todas maneras, reconozco que a veces es difícil saber contestar con gracia que a alguien le queda mal un vestido -como ejemplo de mentira nimia- y que en ocasiones se deba proteger una verdad con ‘informaciones falsas’ para evitar males mayores, como me imagino que debe ocurrir con los secretos de estado. En este sentido, como no me imagino cuáles pueden ser esos males, me encantaría arriesgarme a conocer los documentos clasificados de la NASA. ¿Mentirán también los extraterrestres?

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