Nada es para siempre (Retiro Vipassana)

Tenía dudas sobre si escribir un post sobre el retiro de silencio y meditación Vipassana de diez días que hice este abril, posiblemente por el temor de que mucha gente prejuzgase la experiencia -a mí misma ese tipo de retiros me parecían una locura, especialmente por la cantidad de tiempo invertido en ellos-, pero se me ocurre que un resumen de la experiencia podría resultar interesante para algunos, aunque sea por simple curiosidad, y a mí, de paso, me serviría como un recordatorio sintetizado de esos días.

Vipassana es uno de los métodos más antiguos de meditación procedentes de la India, una técnica, compatible con cualquier tipo de creencia, que redescubrió Buda hace más de 2.500 años y enseñó como “un remedio universal para males universales”.

El retiro es gratuito, pero, si se completa (hay muchos que abandonan, aunque en nuestro grupo sólo una chica dejó el curso a medias) y la experiencia ha sido beneficiosa, se puede colaborar mediante una donación de la cantidad que se crea conveniente para que otros puedan disfrutar también este tipo de cursos.

No se permite el contacto verbal, visual ni físico ni ningún otro tipo de comunicación entre los participantes hasta el último día con la intención de conseguir una conexión máxima con nuestro interior y de desconexión del mundo exterior. Únicamente podemos hablar, si nos surgen dudas o tenemos algún problema, con el profesor (durante la pausa del mediodía y al acabar el día) o, en cualquier momento, con el manager de nuestro grupo, una mujer para el grupo femenino y un hombre para el masculino. Hombres y mujeres estuvimos segregados en estancias distintas, excepto en la sala de meditación. El décimo día se nos permite hablar entre todos a modo de readaptación antes de volver al ajetreado ‘mundo real’.

Estoy muy contenta de haber seguido la disciplina del curso sin problema. Nuestro día empezaba a las cuatro de la mañana y meditábamos durante unas 10’5 horas al día con pausas varias para comer, descansar, pasear por el precioso jardín… y poco más porque no se nos permitía escuchar música, leer ni escribir. A mí no me preocupaban los horarios, estar en silencio y cumplir las demás normas, lo único que me inquietaba, porque suelo escribir un diario, era saber si me obsesionaría mucho con no poder anotar cómo me iba sintiendo y qué iba pensando día a día. Sin embargo, tampoco esto fue difícil. Quise confiar en que lo que tuviera que recordar de la experiencia, lo evocaría si lo necesitaba.

Durante los tres primeros días practicamos Anapana, la observación de nuestra respiración natural. A partir del cuarto, pasamos a la Vipassana, la observación de las sensaciones de las distintas partes del cuerpo escaneándolas en determinado orden e intentando mantener la postura escogida sin movernos durante una hora al menos tres veces al día, es decir, en las horas de práctica de la meditación de firme determinación o Adhittana.

Durante la observación de las sensaciones que puedan surgir constatamos su imperdurabilidad (Anicca) y ejercitamos nuestra ecuanimidad revisando todas las partes de nuestro cuerpo e intentando no quedarnos trabados, por ejemplo, en los dolores que sin duda sentiremos en alguna de ellas o no queriendo abandonar las sensaciones agradables que también podrían aparecer. El propósito es darse cuenta de que todo pasa, nada es para siempre, sea placentero o doloroso. La disciplina en este ejercicio conseguirá que en la vida diaria, tanto nuestras aversiones (odios, rechazos, prejuicios…) como nuestros apegos -ambos engloban las causas de todos nuestros males-, sean cada vez menos, por lo que la desdicha con la que nacemos, y que tanto insisten que es inherente a todos los humanos, también irá disminuyendo a medida que seamos más ecuánimes con cualquier circunstancia que la vida nos presente.

Entendí que las sensaciones (sankaras) desagradables simbolizaban nuestras aversiones y las agradables, las de apego. Entendí también que las sensaciones de flujo que podían experimentarse en la práctica Vipassana en partes del cuerpo aisladas o recorriéndonos rápidamente el cuerpo entero eran sankaras de cualquiera de ambos tipos saliendo a la superficie y desintegrándose, desapareciendo y aligerándonos de las cargas con las que vivimos y volviéndonos más ecuánimes cada vez. A la vez, con estos flujos, y de nuevo si entendí bien, uno puede llegar a sentir que se desintegra en burbujas y se vuelve uno con el Universo. Al trascender el ego, entendemos aun mejor que debemos actuar con amor, compasión y con la intención final de servir al prójimo.

Yo no experimenté sensaciones agradables (principalmente sólo dolor en la ingle derecha). Tampoco experimenté los flujos de energía. Insisten en que no hay que compararse con los demás y, aunque quise interpretar, al no haber experimentado sensaciones agradables, que mis problemas no eran tanto de apego como de aversión, no me hubiera importado experimentar la especie de orgasmo que una compañera contó el último día que era como sentía algunos de sus sankaras de apego. No obstante, no todos los experimentan de esta manera y, por lo visto, algunos, tras sentirlos, pueden sufrir bajones durísimos en forma de dolores físicos o altibajos emocionales.

Me hubiera encantado experimentar también los flujos. Así como la desintegración en burbujas, aunque esto probablemente me hubiera asustado. El último día una compañera me contó que ella sí había experimentado la disolución total de cuerpo y mente en una ocasión, pero sintió miedo porque no sabía cómo lograr reintegrarse en su cuerpo. Afortunadamente pudo calmarse y se le ocurrió volver escuchando los latidos de su corazón.

Hasta el octavo día la experiencia me pareció fantástica y pensé que todo el mundo que quisiera conocerse mejor a sí mismo y mejorar su estancia en este planeta, debería probar a hacer el curso. Sin embargo, esa noche entré en crisis. De repente percibí la filosofía Vipassana como una religión porque vi que requería fe y eso no me gustó. Seguramente influyó en esto que yo no estuviera percibiendo todo lo que decían que se podría estar sintiendo. Es cierto que la Vipassana propone no simplemente creer sino experimentar todo por nuestra cuenta, pero, al menos al principio, se requiere la fe de que va a funcionar como cuentan.

Asimismo advertí que todo lo que predica esta filosofía es de lo que habla la inteligencia emocional o el Mindfulness, que está tan de moda, por tanto, para qué fustigarse aguantando el dolor si ya intento en mi día a día ser ecuánime, no juzgar y ser compasiva; si ya tengo presente lo de que no se puede controlar lo que pasa a nuestro alrededor, pero sí cómo reaccionamos ante ello; si ya intento conocer y dominar mis reacciones y actuar templadamente y no en el fulgor de la pasión. Se me ocurrió incluso comparar el dolor que se siente en esta práctica con la autoflagelación y los cilicios que usan los católicos más radicales, ¿no se se autoinflingen dolor ellos también para liberar su alma?

Posiblemente, si hubiera tenido estos pensamientos el tercer día, no le hubiera encontrado sentido a la práctica y hubiera querido abandonarla, excepto quizás si decidía tomármela como ejercicio para mejorar la concentración, porque, aunque contaba con tener una mente muy dispersa, con el ejercicio del escaneo corporal tuve que reconocer que mi mente era más inquieta aun de lo que creía y que tengo muuucho trabajo que hacer con ella para mantenerla concentrada allí donde escoja.

Me pregunto si estos sankaras placenteros y/o esta desintegración corporal y sensación de unión con el Universo se corresponden con las experiencias místicas y de éxtasis que decían experimentar algunos religiosos como por ejemplo Santa Teresa de Jesús.

Me pregunto también si, aunque digan que la Vipassana es un ‘método científico’ -¿será por lo de insistir en experimentar todo por uno mismo?-, tienen que ver en todo lo que puede llegar a sentirse, la autosugestión, tanta introspección, el cambio de horario y de alimentación (vegetariana), que se coma muchísimo menos de lo habitual (no porque le limiten a uno las cantidades, sino porque el cuerpo pide muy poco, presumiblemente porque consuma también muy poco. Me pregunto igualmente si debe influir que casi no sonriamos en diez días; si uno evita el contacto visual con sus compañeros, pocas ocasiones se darán para sonreírse siquiera a modo de saludo. Yo, de todas maneras -¿afortunadamente?-, me sorprendía a mí misma sonriendo muchas de las veces en las que mi cabeza dejaba de concentrarse en la respiración y el escaneo y se iba de viaje a pensar en sus cosas.

Me pregunto también si me hago demasiadas preguntas. Quizá tenía razón una compañera que me dijo, cuando le hablé de mi crisis, que tal vez lo estoy intentando racionalizar todo demasiado en lugar de dejarme llevar y sentir con el cuerpo, del que ella se fía mucho más que de la mente. Puede ser. Me pregunto si tendré que hacer otro retiro para comprobarlo.

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